Desde tiempos remotos y épocas de balón de cuero, México fue asignado en el árbol genealógico del futbol mundial como uno de los hijos predilectos de los padres fundadores de apellido argentino, holandés y sobretodo alemán.

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En reiteradas oportunidades, ya entrado en la pubertad, el “Tri” esbozó rebeliones de crecimiento que siempre terminaron en reprimenda y castigo inmisericorde por parte del verdugo disfrazado de papá en turno.

Alemania “agarró” de hijo a México a partir de 1978 con aquel fatídico 6-0 en la Copa del Mundo celebrada en Argentina.

La paternidad se extendió en México 1986 cuando el hijo azteca vio cómo su padre santo le quitaba el dulce de la boca en su casa y en penales por pizarra de 4-1 en 4tos de final.

Doce años más tarde, en Francia 1998, los teutones confirmaron a México como su hijo favorito con un 2-1 en 8vos de final gracias a los regalitos en defensa y ataque de los párvulos Raúl Rodrigo Lara y Luis Hernández.

Bien dicen que: “No hay paternidad que dure 100 años, ni hijo que los aguante” ¿o cómo era? El 17 de junio de 2018, Día del Padre en suelo tenochca, quedará en la memoria del futbol mexicano como la fecha en que su representativo nacional terminó con 40 años de malaria alemana.

Con mucha personalidad, mentalidad a prueba de balas y sobretodo buen futbol, México consiguió, en mi particular punto de vista, su triunfo más importante en la historia de las Copas del Mundo.

La victoria 1-0 sobre Alemania en Rusia 2018 demostró que el futbolista mexicano cuando quiere y se convence de ello por encima de todas las cosas, puede conseguir lo que le venga en gana.

México salió a la cancha del Estadio Luzhnikí con mucho ganar y poco que perder. Lo normal habría sido un triunfo germano, el empate un gran resultado, el triunfo simplemente una epopeya moderna.

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Mérito absoluto de los futbolistas y del director técnico Juan Carlos Osorio, que a pesar del ambiente lúgubre, tenso y tóxico por parte de cierto sector de la prensa nacional, demostraron donde vale, en la cancha, que pueden llegar a hacer grandes cosas en el plano internacional.

Guillermo Ochoa lo atajó todo, Héctor Moreno y Hugo Ayala fueron un muro infranqueable para los francotiradores alemanes. Jesús Gallardo y Carlos Salcedo cumplieron cabalmente por las bandas tricolores, Héctor Herrera y Andrés Guardado fueron dos imanes de balones en mediocampo.

Carlos Vela, Miguel Layún e Hirving Lozano, maratonistas comprometidos con fabricar peligro y solidarios en la recuperación de la pelota. Javier Hernández, todo entrega y corazón confirmando su adultez y madurez como futbolista al ya no ser “Chicharito”.

Mención aparte para el ahora cinco veces mundialista Rafael Márquez, que con todo y sus 39 años en la espalda, entró al campo para darle calma y serenidad al equipo en el tramo final del partido.

Papeles intercambiados: Joshua Kimmich fue “hijo” del “Chuky” por izquierda, Timo Werner, Julian Draxler y Mario Gómez, “hijos” por arriba y por abajo de la zaga verde.

Sami Khedira y Toni Kroos, “hijos” de Herrera y Guardado en mita del campo. El murmullo mexicano en las tribunas hacia la parcialidad rival: “¡híjole, hoy no se les va a hacer!”.

Subirse al carro de la victoria en este momento de rosas y risas me resulta oportunista e hipócrita. No voy a esconder la mano, he sido crítico de esta gestión y me mantengo. El gusto personal que siento al ver cómo me “callan la boca” es indescriptible, ojala ocurra más seguido, de todo corazón.

Las casualidades del destino hicieron que México, en Día del Padre, terminara con la paternidad ejercida por Alemania. Veremos si ante Corea del Sur y Suecia la catarsis generada catapulta al equipo a instancias insospechadas hasta hace 24 horas.

Todos los hombres sueñan con algún día ser padres, México sueña igualmente con algún día ser papá y referente del futbol mundial. En Día del Padre, México dejó de ser hijo de las tragedias, dejó de ser hijo del “Ya Merito”, dejó de ser hijo del futbol y lo más importante, dejó de ser hijo…de Alemania.