El futbol mexicano cada cuatro años sueña con por fin hacer realidad su deseo más anhelado desde 1994: llegar a los 4tos de final de una Copa del Mundo, pese a que en ese cuatrienio las pesadillas hayan sido una constante en su encuentro con los brazos de Morfeo.

Bien dicen que “La victoria tiene muchos padres y la derrota es huérfana”, hoy nadie quiere asumir la responsabilidad total o al menos compartida de la séptima eliminación consecutiva en 8vos de final del “Tri” en Rusia 2018.

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Hoy ciertos sectores de la prensa deportiva especializada y neófita tienen en Juan Carlos Osorio al chivo expiatorio del malestar y amargura cuando solo es parte del problema, más no el problema como tal.

Caer ante Brasil en un juego a eliminación directa no debe ser catalogado como fracaso por México y por un gran número de selecciones mayores alrededor del mundo.

El fracaso este año, sin duda alguna, fue la estrepitosa caída frente a Suecia en la Fase de Grupos, que terminó por delinear un camino empantanado y del que sería complicado salir bien librado.

De haber sacado al menos el empate ante los vikingos, México habría enfrentado a Suiza en 8vos de final, rival más que asequible para finalmente avanzar al mentado quinto partido.

Quinto partido que desde 1994 un total de 25 países diferentes ha conseguido, al menos una vez, llegar en los últimos siete mundiales, siete gotitas de limón más a la herida.

Se fue Mejía Barón, Lapuente, Meza, Aguirre, La Volpe, Hugo Sánchez, Sven Goran Eriksson, Aguirre otra vez, De la Torre, Vucetich, Herrera y probablemente también Osorio.

La única constante en esta pasarela de directores técnicos es que los futbolistas observan cómodos y comodinos desde su butaca en primera fila.

La denominada “mejor generación de la historia” se quedó corta por tercer Mundial al hilo. Hoy los jugadores, empecinados en seguir su particular guerra con la prensa en redes sociales, deben o deberían asumir su responsabilidad en el caso, ocaso y fracaso de su etapa portando la camiseta verde.

Javier Hernández vendió previo a la Copa del Mundo la idea de “Imaginar cosas chin…” para conseguir (imagino) cosas importantes. Válido siempre y cuando vaya de la mano de las acciones y hechos.

Hablar es tan fácil como pintarse el cabello de rubio previo al partido más importante del año. Dar el partido de sus vidas hasta arrancarse los cabellos, difícil, me quedó claro.

De derrotas dignas está lleno el palmarés de los mediocres y México, desde hace varios años, ya no tiene espacio en la vitrina.

Los “patea-balones” soñaron con un nuevo corte de cabello, un nuevo tatuaje y una nueva consola de videojuegos.

Los dueños del balón, con sede en Chapultepec y el Ajusco, soñaron con altos ratings y cientos de miles de billetes verdes en derechos de transmisión.

Los aficionados soñaron con ver a su país por una vez en la vida en la ronda de los ocho mejores del campeonato, y por enésima vez, hicieron el coraje de sus vidas al ver que este año “tampoco es el bueno”.

México en Rusia 2018 soñó con el quinto partido, con “callar bocas” y con hacer historia. Se durmió en sus laureles de origen alemán y cuando la batucada carioca lo despertó, el Mundial…ya no estaba ahí.