El escenario era el idóneo, epicentro de grandes batallas en el pasado, lugar del encumbramiento de los gladiadores más venerados. Cita con la historia para regresar al Olimpo del futbol europeo, cita con la historia para reconciliarse con la grandeza olvidada, y el Barcelona falló.

Falló porque sus caudillos bajaron los brazos, falló porque su mentor no supo recomponer la figura a tiempo, falló porque su bastión y escudero se quedó solo ante el acecho y acoso voraz de los romanos.

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La gran temporada conseguida hasta el 10 de abril en punto de las 20:45 horas, ha quedado totalmente manchada y condicionada por la estrepitosa caída en el Estadio Olímpico de la capital italiana.

La fragilidad cristalina de los números favorables terminó de romperse en el peor momento posible. La imbatibilidad en LaLiga e incluso en la Champions League fue en varios episodios maquillada por la zurda prodigiosa del hoy injusta o justamente señalado Lionel Messi.

Los últimos partidos venían señalando señales de alarma, mitigadas por las obras de arte de tiro libre del “10” ante: Atlético de Madrid, Las Palmas, Alavés y Girona.

Irónico llegar al mes de abril “vivo” en todas las competencias, aunque mermado y fundido en la fundamental parte física, producto del desgaste generado a principio de año por la Copa del Rey y LaLiga, que al final de cuentas a muchos aficionados Culés les ha sabido, les sabe y les sabrá a poco si es que el rival de toda la vida consigue el tricampeonato europeo.

El resultadismo muchas veces es el peor de los enemigos de los futbolistas y directores técnicos. A mi modo de ver, el engañoso 4-1 de la ida ante la Roma en el Camp Nou es prueba fehaciente de ello.

Mucho castigo para los Giallorossi tras el futbol mostrado, mucho premio para un Barcelona de juego espeso y dependiente sí o sí de lo que haga Messi.

Donde hay defectos siempre hay virtudes, mismas que la Roma supo capitalizar para maniatar a un oponente confundido y frustrado. El bosnio Edin Dzeko fue tanto en la ida como en la vuelta una pesadilla para la defensa catalana.

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La presión alta, el hacer cortocircuito en el mediocampo rival, la pegada en ataque, el hambre, el espíritu, la lucha, la entrega, todo eso tuvo La Loba y de todo eso carecieron los Blaugranas.

Al final de cuentas “una flor no hace primavera”, y lo que mal empieza normalmente mal termina. El segundo semestre del 2017 hizo olvidar un verano de vergüenza que trajo como consecuencia un plantel mal armado que anoche quedó totalmente exhibido.

Gastar 120 millones de euros en Ousmane Dembélé, 40 en Paulinho y 160 en Philippe Coutinho, para que por determinadas razones no fueran o no pudieran ser de la partida ayer, expuso a una directiva que debe ser juzgada con dureza al final de la campaña sea cual sea el balance en cuanto a títulos se refiere.

Tener a uno de los mejores futbolistas de la historia y no poder cobijarlo en la cancha como Dios manda habla de una pésima gestión directiva. Los Xavi e Iniesta no son eternos, correcto. Buscar sustitutos que se asemejen, imposible no es.

Hoy el Barcelona vuelve a sumergirse en las profundidades de su pantanosa crisis, en el momento menos oportuno, con un golpe de nocaut recibido difícil de sanar y sobre todo con el Rey de Europa acercándose a la triple corona consecutiva.

La debacle en el Coliseo romano derrumbó un castillo de naipes que muchos ya vendían como un impenetrable fortín. Al igual que en Madrid hace dos años, al igual que en Turín hace uno y al igual que ahora en Roma, el Barça se queda en el mismo lugar: lejos de Milán, lejos de Cardiff y lejos de Kiev. El Barça a la lona una vez más…en los 4tos de final de la UEFA Champions League.